Lenguaje y Geografía

viernes, 26 de mayo de 2017

PECES DE AGUAS DESCONOCIDAS

La mujer que atiende la pescadería de mi barrio
tiene el pelo rojo
como la sangre de los peces frescos
facciones delicadas, una voz fuerte
¿Que vas a querer guapa?
exclama apenas entro.

Le digo que no sé nada
acerca de los peces de estas aguas
ella me los presenta, los enumera
al  tiempo que señala sus cadáveres.

Yo miro con atención sus formas
no los reconozco, pero identifico
en sus rictus de muerte
una tristeza nueva y poderosa.


El brillo apagado de sus escamas
me regala nuevos prismas
reveladores un orden antiguo
escrito en los corales.

 Ella afila sus cuchillos
rompe el silencio, recomienda
uno de nombre extraño
que asegura es delicioso
por ser de roca
y no moverse en aguas profundas
donde son turbias las mareas
el fondo marino insondable.

Acepto su sugerencia
porque el pez en cuestión
no es ni muy grande ni muy chico
ni feo ni bello
sino simplemente un cuerpo blando
que ha perdido su pulsión.

El olor de sus vísceras
me asquea y me recuerda
cuando mi papá volvía de la pesca triunfante
a darme un beso mostrándome una cesta
llena de peces muertos
y luego me pedía compañía
mientras limpiaba los parásitos
que vivían ocultos entre sus tripas
como tesoros escondidos o sentimientos
que yo aprendí a controlar
para no desbordarme en cada esquina:

No llorar por la cadena alimenticia
y los nombres que no retengo
y las aguas turbulentas, las mareas,
los cuchillos.

¿Quieres la cabeza  para hacer una sopa?
pregunta la mujer tras arrancar el espinazo
y pesar los trozos en una balanza de metal
que podría determinar, estoy segura
la justa medida de todas las cosas.

Yo asiento y casi casi recuerdo
el momento exacto
en que me resigné a no convertirme en un pez
a aceptar el beso de mi padre disimulando la arcada
cuando la mujer de pelo rojo
me entrega la carne blanca y limpia
envuelta en un diario donde pueden leerse
las últimas noticias internacionales.





martes, 14 de marzo de 2017

POEMAS SOBRE MI NORMALIDAD






1.
Antes de encerrarse por un tiempo largo
mi madre me contó una historia
intentaba hacerme dormir.

Era sobre una casa llena de escondites
ruidos y polillas que la noche entrega
como un banquete sofisticado
a los que permanecen despiertos.

Una niña recorría la casa
no sabía con quien hablar
no sabía conciliar el sueño.

Mi madre me dijo que la niña se parecía a mí
que también tenía nombre de flor
pero adiviné que en realidad hablaba de ella
como todo lo que se cuenta en voz baja.


La vi sonámbula por su jardín
asustada entre las ramas
meándose sobre el colchón todavía húmedo
de la noche anterior.

Estábamos más cerca que nunca
su cuerpo me envolvía
como un viento o un rezo antiguo
como el sonido de la lluvia sobre el techo.

Al terminar se adormeció a mi lado
pero yo no me entregué al sueño
me sujeté del eco de su voz dulce
estuve callada junto a su cuerpo inmóvil.

Esa noche supe
que a pesar de ser una niña
era del todo libre
porque podía permanecer despierta
en la oscuridad de los rincones.


 2.
Mi hijo llega tarde de la casa de su padre
sujeta en sus manos un auto a control remoto
el refrigerador está vacío y no ha comido
durante el día
ha caído agua del cielo
de manera intermitente
entonces tomo mi abrigo
camino en la oscuridad
en busca de alguna tienda abierta
pero todo está cerrado
como mi estómago
como las puertas de mi casa
para que no me siga el niño
apuro el paso
miro las luces encendidas
en las habitaciones estrechas
escucho personas que se llaman
a través de las paredes
se avisan que la comida está lista
los imagino en torno a una mesa
o haciendo el amor en silencio
para no despertar a los niños
que a esta hora intentan dormir
con los estómagos llenos
y los dientes lavados
un poco aturdidos
por el olor a parafina de las estufas
y el murmullo de los jardines
hidratándose  silenciosamente
la tierra está hinchada y satisfecha
como después de un largo almuerzo
donde todos quedan un poco borrachos
las cosas malas enterradas
en los pequeños jardines
tesoros escondidos entre las raíces
y los huesos que los perros guardan
para las mañanas de aburrimiento
me alejo cada vez más de nuestra casa
es que no puedo llegar con las manos vacías
el niño espera acostado en el suelo
el auto a control remoto gira a su alrededor
el hambre es una forma de tristeza me digo
el niño
no puede padecer
corro
hacia un farol rojo
encendido como la más bella promesa
al fondo de un pasaje
donde los adolescentes toman vino en caja
e improvisan
poemas líquidos que yo quisiera memorizar
mientras espero paciente
los arrollados primavera
la salsa tamarindo
el arroz blanco y tibio
que va a devolvernos la calma
afuera del local de comida china
dos policías vestidos de civiles
también esperan
fuman  y miran sus teléfonos
porque la violencia
sigue sucediendo esta noche
pero de todas formas
las cosas se ven brillantes y limpias.



3.

Despierto de una pesadilla
en la que todo mostraba su piel interna
lo que no desea verse
y pienso en que podría estar lejos
como en un cuento de Carver
tomando un trago seco 
con un amante norteamericano
en el lobby de algún hotel limpio y silencioso
que sólo existe en los pasillos de mi imaginación.

Lo cierto es que no estoy sola
él duerme profundo a mi lado
y hemos hablado de tantas cosas
antes de acostarnos y apagar la luz.

Pongo el televisor sin volumen
él pone la almohada sobre su cara
enrolla sus pies con los míos
dice algo que no entiendo
y sigue roncando despacio

Tomo un cuaderno, garabateo frases
que intentan reconstruir mi pesadilla
sobre el reverso de las cosas
la piel que no se muestra
la vida que ya no espera
en otros hemisferios.


4.

Cuando todavía está oscuro afuera
exprimo naranjas para fortalecer
el sistema inmunológico
mantener nuestras defensas en alto.

Escucho que mi hijo se levanta
busca su ropa y como siempre
hay problemas con los calcetines;
tienen hoyos por donde se escapan sus dedos
ninguno tiene su par.


Cortas el pan, mueles
una palta todavía verde
y tomas café en silencio.

Nos preparamos juntos para  salir a trabajar
el pan se quema sobre el tostador
miro la plantas aún dormidas en el patio
tras los dibujos complejos del rocío.

Grito un par de veces
para que el niño se apure
porque va a llegar pronto el furgón

El  baja los escalones de par en par
falta que se ponga los zapatos
peinarse un poco
guardar la colación en la mochila.

Veo los calcetines de distinto color 
meciéndose en sus pies
mientras termina de comer el pan.

Cruzamos la calle de la mano
su mano pequeña y fría me sujeta fuerte
el viento helado del otoño me hiela el pecho
pero no tengo miedo a resfriarme
por el jugo de naranjas y porque sé
que puedo volver un rato más a la cama
encontrar  el calor  de tu cuerpo
siempre dispuesto a ofrendarse al mío.






 5.

Mientras conduces
pones un disco de Los Ramones
afuera las olas revientan con fuerza
casi chocan con el paseo peatonal
imagino que llegan hasta nosotros 
y mojan los vidrios
como si estuviéramos dentro de una máquina para lavar autos
las ventanas están empañadas
de todas formas logro ver la espuma blanca
vamos a una comida de escritores 
pero no conozco la dirección
no se ve el camino a través del vidrio
sin embargo confío
avanzamos con las luces altas
llevo dentro un ser en gestación
el también flota en la oscuridad
todo lo que me importa está muy cerca
los Ramones cantan repetitivamente
algo sobre el ruido y el amor
la perfección del ruido y el amor
tú vas callado
me gusta imaginarte adolecente
guitarreando canciones que sabías a medias
en esa misma esa playa
que ahora está siendo devorada por las olas
porque la geografía cambia rápido
y estamos juntos
como en una película que hace un gran salto temporal
no tengo miedo de que choquemos
ni de que tomes una dirección equivocada 
como tantas otras veces
y en vez de llegar a la comida de escritores
demos vueltas y vueltas por los cerros de Valparaíso
mientras la marejada se achica a nuestros pies

viernes, 9 de diciembre de 2016

SILENCIO Y GRITOS DESPUÉS DE LAS ELECCIONES EN ESTADOS UNIDOS





1.
El día después de que Trump ganó las elecciones, varios amigos publicaron en las redes que, en Estados Unidos, en las épocas de presidentes más autoritarios se ha producido el mejor arte. Estoy de acuerdo. Mientras escribo escucho "People Have the Power" de Patti Smith y se me pone la piel de gallina. Reconozco que tengo miedo del curso que puedan tomar las cosas. Para no quedarme paralizada, leo poesía, porque es quizás mi manera más expedita de contactarme con la belleza, que es para mí también una forma de resistencia. 
Tengo a mano una antología de mujeres Beatnik que saqué hace días de la biblioteca y me resisto a devolver.  Leo una y otra vez esas voces que ya casi no se recuerdan, pero que participaron activamente de un movimiento que cuestionó a fondo el modelo de felicidad yanqui basado en el consumo y el conservadurismo. Apunto en mi cuaderno, como si fueran un recordatorio importante, los versos de Diane Di Prima: hemos sido todos hermanos, hermafroditas como ostras / concedimos nuestras perlas sin cuidado / la propiedad no estaba inventada todavía / ni la culpa ni el tiempo.

2.
Llevo a mi hijo al centro médico para un control. Hay bastante gente en la cola. La cosa no avanza porque una mujer pelea en catalán con el funcionario que toma las horas. Exige que la atiendan ese mismo día. La gente se empieza a acumular a sus espaldas. Hasta que una mujer de acento centroamericano la interpela SEÑORA, ¿NO VE QUE HAY MUCHA GENTE ESPERANDO? Ella instantáneamente se voltea y grita, ahora en español SI NO TE CALLAS, CON UNA PATADA EN EL COÑO TE VOY A DEVOLVER A TU PAÍS.
Pienso en decirle algo, pero me bloqueo. El resto también se queda callado. La centroamericana replica que ya lleva más de veinte minutos y hay niños y ancianos esperando que los atiendan. ¡PUES ME VOY A QUEDAR AQUÍ PARADA UNA HORA MÁS SÓLO PARA FASTIDIARTE! Se escucha bramar a la catalana. 
Ahora sí hay una reacción, pero es apenas un murmullo. Tomo en brazos a mi hijo.  Siento un dolor extraño, un desprecio desconocido hasta entonces. Por mí misma, porque guardo un silencio cobarde, y por la señora, que vuelve a gritar, fuera de sus cabales ¡QUIEREN SALUD A COSTA DE MIS IMPUESTOS!
El funcionario por fin la corta en seco y grita ¡QUE PASE EL SIGUIENTE! Entonces ella se da la vuelta de manera teatral, lanza una risa áspera y avanza rompiendo la fila. La gente se abre paso de inmediato, nadie quiere tenerla cerca.

3.
Pienso en caminar a mi casa después de una fiesta. Empieza una tormenta eléctrica y no estoy preparada. No es la primera que vivo desde que estoy en Barcelona, pero no deja de sorprenderme su majestuosidad. El cielo se ilumina como si alguien sacara fotos con flash. Y los truenos hacen sentir que todo está estallando. Inevitablemente, como tantas otras veces desde que llegué a esta ciudad, pienso en mi abuelo. En que debe haber sentido estruendos peores en estas mismas latitudes: bombardeos, estallidos que amenazaban de verdad su vida. Me he aferrado a esa imagen: él vivió una guerra. Él sobrevivió una guerra. Nada puede ser más terrible que eso. Nada debería asustarme demasiado.
Cuando ya estoy bastante mojada me rindo y me meto al metro, que maravillosamente está abierto el sábado toda la noche.
Me impresiona la cantidad de borrachos y de ratones que andan en los andenes. No me dan asco, los observo con curiosidad de científica: se esconden bajo la máquina de bebidas al pasar alguien y luego se asoman. Son muy divertidos. Les tienen miedo a los humanos. Me imagino que es porque siempre han sido perseguidos. Mi abuelo me contó que durante la guerra se los comían. Al mirarlos me imagino una Europa antigua, y no tan antigua, en la precariedad. Pienso en la cantidad de gente que, como mi abuelo y su familia, se fueron de aquí escapando de la guerra, del horror. En qué habría pasado con todas esas personas si al llegar a América les hubieran cerrado las puertas.
En el metro me siento al lado de una señora que va cantando una canción tropical. De la nada me dice: “Yo quiero volver a mi país; extraño mi país”. Y mueve su cuerpo desde el asiento como si bailara salsa. Luego me muestra una foto en su celular donde sale con una amiga sujetando un trago, iluminada con luces de discoteca. Como las dos son negras, apenas se distinguen en la foto: “¿Sabe por qué no me capta la cámara, mija? ¡Porque soy oscura! ¡Muy oscura!”. Y ríe fuerte. A mí también me hace gracia la broma. Antes de bajarme del vagón me da un abrazo. Un poquito de calor latino, me dice, apretándome fuerte. Yo me emociono como una niña y atesoro ese calor porque tengo los pies mojados. 

4.
Después de clases vamos a tomar cerveza con una pareja de amigos peruanos. Los tres andamos en bicicleta, así es que pedaleamos hacia el Raval. Al cruzar plaza Cataluña escuchamos un alarido colectivo. Nos acercarnos hacia el sonido, que parece un canto tribal, y vemos muchos policías rodeando la boca del metro. Adentro, como en una fosa, están los manteros; vendedores ambulantes, la mayoría africanos, que comercian imitaciones de zapatillas Nike, calzoncillos Calvin Klein, carteras Luis Vuitton y otros fetiches capitalistas.
Son al menos treinta hombres sujetando sus enormes bolsas. Su única arma es el registro que hacen con las cámaras de sus celulares. Los policías por encima de ellos, los vigilan llevando escudos, palos, pistolas y también cámaras. Cada movimiento de ambos bandos queda registrado. La tensión aumenta cada vez más. Es evidente que los policías van a avanzar en cualquier momento para detenerlos. Hasta que un transeúnte español grita algo que no entiendo. Al principio pienso mal: seguro es un racista que pide que se los lleven de una vez para poder pasar tranquilo hacia el andén. Pero, al contrario, dice que los dejen trabajar en paz. ¡SÍ, DEJADLOS TRABAJAR EN PAZ! Reaccionan otras personas a mí alrededor. Y entonces se empieza a escuchar otro grito fuerte y claro ¡NINGÚN SER HUMANO ES ILEGAL! ¡NINGÚN SER HUMANO ES ILEGAL!
Sin pensarlo me uno a ellos y una energía contenida se desanuda dentro de mí. Así, las voces van sumando hasta formar una barrera entre los policías y los manteros, que miran hacia arriba desconcertados, sin entender del todo lo que está pasando.
Finalmente, los policías empiezan a retroceder hasta despejar el paso. Los manteros, primero con timidez, luego al trote, van saliendo de la boca del metro mientras aplaudimos y ellos sonríen, agradecidos, como si fueran estrellas de la NBA. Yo también lo hago, al comprobar que cuando pasamos de la indiferencia a la acción puede cambiar, aunque sea por un momento, la situación de los que están en desventaja.
Con mis compañeros comentamos, emocionados lo que acaba de pasar. Les comento que en Chile probablemente a la multitud empoderada la policía la habría sacado del paso con una lacrimógena o un guanaco.  Ellos dicen que en Perú habría pasado lo mismo.
Mi asombro crece al ver que, apenas los policías se suben a sus motos y sus carros, varios manteros vuelven a desplegar sus productos en la rambla. Yo en su lugar tendría miedo, me iría a mi casa. Pero es obvio que no alcanzo a comprender realmente su situación.
Cuando vuelvo a subirme a la bicicleta, los versos de ese poema de Diane di Prima resuenan una vez más dentro de mi cabeza: todavía, también ahora, fingimos la comunión / percepciones infinitas / lo recuerdo / hemos sido todos hermanos.


viernes, 25 de noviembre de 2016

Súper luna y el raro ejercicio de compartir un fragmento de tu diario


*

Despierto con la espalda un poco contracturada. Creo que es por el frío y porque duermo doblada entre Darío y el Nacho. Me levanto antes que ellos, con la intención de escribir. Pero tengo mucho sueño. Para terminar de despertar como un poco de uva. Después me estiro un rato. Escucho a Darío hablando, lo voy a buscar a la cama y me sonríe. Mi día se ilumina. Pascual se levanta para ir a la escuela. Me ayuda a meter los panes con queso en el horno y a exprimir naranjas.

Veo en Instagram las fotos de mis amigos que están en Chile. Playas, flores, fruta, tragos con hielo, ropa ligera. Ya hace calor en el otro hemisferio, y por acá los días están cada vez más helados. Me da un poco de miedo el invierno. El frío de estos lados que desconozco. Luego pienso en Bolaño. En que no usaba estufas porque la incomodidad  lo llevaba a escribir desde lugares más arriesgados, más duros. Decía que le servía el frío para mantenerse atento. Creo que esto tiene que ver con un sentido de urgencia: el arte es un lujo, la realidad está en otra parte.

Hago café. En vez de comprar una estufa, esta semana compramos una moledora de café y parlantes. No somos una pareja estratégica. Pongo Al Green. Suena fuerte y nítido. Bailamos. Darío mantiene el equilibrio parado y aplaudiendo. Es la primera vez que lo hace. Yo también aplaudo con emoción. Cuando ya estoy transpirando me acuesto en el suelo y me como un pan. Me prometo empezar todos los días bailando.

*

Me fui un poco antes de clases porque me cuesta mucho poner atención a un monólogo. Para comunicarme necesito diálogo. El profesor se dedica a leer en voz alta sus propios textos, con la excusa de que nosotros no los leeríamos, como si fuéramos niños de básica. Cuando empieza a recitar con su voz engolada me asfixio. Me recuerda cuando me llevaron obligada a misa.

Salir a la calle fue un alivio. Me sienta bien el frío en la cara cuando me subo a la bicicleta.  Me acordé de cuando estaba en mis últimos años de colegio, de lo feliz que me ponía al hacer la cimarra.

Me encanta la ciudad a esta hora: ver cómo la gente va a su casa después del trabajo, los niños sujetando las manos de sus padres, las señoras con bolsas de la compra, la gente que toma en los bares, sentir el olor a  castañas asadas en las calle.

Cuando ya estoy cerca de mi calle me encuentro con un tesoro: un inmenso mapa de Barcelona. Decido subirlo a la bicicleta. Aunque me cuesta llevarlo pienso que mirándolo voy a poder descifrar los laberintos de esta ciudad.

*

Me desvelo porque Darío despierta muchas veces pidiendo teta. Finalmente me levanto Afuera hay una tormenta eléctrica. No es la primera que vivo desde que estoy en Barcelona, pero no deja de sorprenderme su majestuosidad.  El cielo se ilumina como si alguien sacara fotos con flash. Pienso a dios con una cámara, fotografiando la ciudad desde arriba. Me doy cuenta de que así, medio dormida, asumo que dios existe y está en la naturaleza. Me gusta lo que se me pasa por la cabeza a esta hora, cuando todos duermen, y yo misma estoy y no estoy despierta.  Salgo al balcón y me quedo  mirando el cielo, atónita. Maravillada de ver la electricidad manifestándose. Mirando las ventanas con las luces apagadas pienso en mi abuelo, en que estas mismas latitudes, debe haber sentido estruendos peores: bombardeos, estallidos, que de verdad amenazaban su vida. Me he aferrado a esa imagen: él vivió una guerra. El sobre vivió una guerra. Nada puede ser más terrible que eso.

Se me enfrían los pies. Me abrigo y me acuesto en el sillón y leo un cuento de Lorie Moore que había empezado en la mañana y no pude retomar en todo el día: las tormentas incendiaban el cielo, mientras ella estaba allí, tendida, escuchando los rayos resquebrajaban la noche y encendían los árboles como cosas que se recuerdan repentinamente, y luego los dejaba de nuevo indescifrables en la oscuridad.

Nunca dejan de sorprenderme las sincronías entre lo que leo y lo que me sucede. Al poco rato el Nacho se levanta también y calienta agua, hace té. Yo le sonrío pero no le hablo. Me urge un tiempo propio, el silencio. Hemos discutido estos días, por cosas tontas. Estar tan cerca nos aleja. Lo siento ansioso, vigilante. Y lo comprendo: no es fácil su situación: no tener todavía la residencia, estar casi ilegal en un país, no tener las certezas mínimas que te permiten proyectar un futuro.

*

Salgo por el paseo de Blai con Darío. Mi objetivo es comprar cosas para el almuerzo. Entro a una tienda de alimentos ecológicos que es también una tienda esotérica.  Le digo  a la mujer que atiende que quiero tomar algo para las defensas porque me siento débil. Llevo más de un año amamantando y tengo miedo de desnutrirme. Casi sin poder evitarlo, termino comprando una cantidad absurda de vitaminas, pro-bióticos, frutos secos. Después de pagar, me fijo en un mazo de tarot que hay en el mesón. Como si adivinara mi pensamiento, la vendedora me anima a tomar una carta. Yo me concentro y recuerdo a una amigo tarotista que me dijo antes de venir: antes de preguntarle al tarot tienes que azuzarlo, como un gato. Después de un instante saco una carta con los ojos cerrados: Es el sumo sacerdote. ¡Es una carta muy chula! -dice la señora de la tienda. Y luego me lee en voz alta de una página de internet cosas buenas, que hablan de mi poder de comunicación, y que tengo que confiar en mi intuición y esperar porque de seguro mi sabiduría va a rendir frutos. Me dice que este día esté atenta a las señales que me entrega el cosmos.

Después paso contenta a la pescadería que abrió hace poco. La mujer que atiende es hermosa. Tiene el pelo rojo, facciones delicadas y mucho desplante, ¿Que vas a querer guapa?, me dice apenas entro. Le digo que no sé mucho de los peces de acá. Los miro y no los reconozco. Ella me recomiendo un par: frescos, ricos y baratos, me garantiza. Me decido por uno ni muy grande ni muy chico. Ella lo toma con decisión y empieza a filetearlo. Yo instantáneamente recuerdo cuando mi papá volvía de la pesca triunfante, con ese olor que me daba arcadas. Veo las tripas colgando, y pienso en decirle que vuelvo en un rato. Pero justo cuando voy a salir ella dice: ¿quieres la cabeza y el espinazo para hacer una sopa? Asiento y me quedo hasta el final mientras me propongo vencer mi asco.

Al salir de la tienda me encuentro un paquete de tabaco casi nuevo. Lo interpreto como un regalo del cielo.

*

Este viernes decidí salir un rato. A pesar de que el Nacho estaba con fiebre, necesitaba despejarme un poco. En un semáforo cercano al Raval me encontré con Amuan, un ex alumno del colegio para niños “especiales”, en el que hice clases hace un par de años. Tenía las expansiones en las orejas más grandes que he visto en mi vida, todo el cuello y las manos tatuadas. Parecía un monito animado. Me contó que vive acá con su abuela que tiene un restorant. Nos reímos y quedamos de vernos, aunque los dos sabemos que probablemente no sea cierto. Antes de irme me agradeció haberle regalado En el camino de Kerouac. Me dijo que después de unos años había releído el libro con placer y que lo había inspirado para escribir letras de canciones. Me puse contenta de saber que en los años que enseñé dejé algunas huellas en mis estudiantes, a pesar de que eran desadaptados y drogadictos, con grandes problemas familiares. Haberles hecho descubrir que son buenos escribiendo y que les guste leer, en muchos casos fue como haberles regalado un salvavidas.

En la galería a la que me invitaron se inauguraba una muestra de art food (concepto desconocido hasta ese momento para mi)  asi es que  había comida deliciosa. Tomé varias copas de vino mientras en las paredes se proyectaban videos de abejas trabajando y de estómagos haciendo la digestión. Me quedé hipnotizada mirando las imágenes hasta que  una chica de Canarias se puso a hablarme de su trabajo como teórica del arte. Estaba obsesionada con el gesto de comer. Al principio pude seguirle el hilo, incluso hablarle de como entiendo yo la escritura, la creación en tanto proceso metabólico, pero al final, confieso, me distraje en tanta abstracción. En eventos sociales me cuesta hablar cosas que no sean triviales. De noche amo la banalidad. En general todos los que estaban ahí hablaban de  su trabajo: películas. Obras de teatro. Giras musicales. Escuchándolos me pregunté si es que alguna vez logre en Barcelona hacer este tipo de cosas. Aunque en realidad no extraño hacer obras de teatro. Es placentero dedicarme simplemente a escribir. Sin saber qué va a pasar con eso. Me gusta esa libertad de partir de cero.

Al salir, Ana, mi amiga chilena, me propuso que fuéramos a un bar cercano. Me sopla al oído que hay un buen cóctel de drogas para elegir. Digo que sí pero después me arrepiento. Estoy cansada y tengo ganas de volver a casa.

Nunca había andado en metro a esa hora y me impresionó la cantidad de borrachos y de  ratas y que andaban en los andenes. No me dieron asco, las observé con curiosidad de científica: se escondían  bajo la máquina de bebidas al pasar alguien y luego se asomaban. Eran muy divertidas.  Me hicieron pensar en una Europa antigua, de guerra, en la precariedad.

En el metro me senté al lado de una señora que iba un poco ebria, cantando una canción tropical. De la nada me dijo: yo quiero volver a mi país. Extraño mi país. Y movía su cuerpo como si bailara merengue. Luego me mostró una foto en su celular donde salía con una amiga en la discoteca. Como las dos eran negras apenas se distinguían en la foto:  ¿Sabe porque no me capta la cámara mija? ¡Porque soy oscura! ¡Muy oscura! Y se río fuerte. A mi también me hizo gracia la broma. Antes de bajarme del vagón me dio un abrazo. Un poquito de calor latino, me dijo, y  me apretó fuerte. Yo me emocioné como una niña.  Al llegar me acosté junto al Nacho y me aferré a su cuerpo, a pesar de que seguía con fiebre.

*

Pascual me pidió un diario hace días y hoy se lo regalé: es celeste, brillante y dice en la portada: hapiness diary. Yo sé que los diarios no son sólo para escribir de la felicidad, pero me gusta pensar que él es feliz. O al menos que no tiene serios problemas “Cuando voy caminando al colegio veo mil situaciones. La gracia está en los detalles, en fijarse en lo que pasa alrededor: porque a veces pareciera que  no pasa nada, pero en realidad no es así”, me dice mientras termina de desayunar. Estoy segura de que su diario va a ser  más divertido que el mío. Me asomo a ver lo que está escribiendo pero me aparta de inmediato. Me hace prometerle que no voy a leerlo.



Por las ventanas entra el sonido del violín de mi vecino. Toca todos los días. No me molesta porque son melodías muy lindas. Envidio su disciplina. Estos días en que el Nacho y Darío están enfermos en casa sólo consigo leer. Me consuelo pensando en que me da un placer parecido a escribir y en que alimenta mi imaginario ¿Tendrá el mismo efecto para mi vecino leer partituras?

*
Internet falla de nuevo y tengo que mandar un cuento para la universidad. Voy a mi café favorito, atendido por puras latinas que ponen bachata. A mi lado dos mujeres toman café y conversan con complicidad. Parecen ser madre e hija. Siento envidia y arrepentimiento de no haber salido con mi mamá antes de venir. Sé que lo evadí porque tenía miedo de que se pusiera de nuevo a llorar por la muerte de su hermana. Que su dolor me vulnerara como tantas otras veces. Me saco la culpa de encima. Pienso que la distancia nos ha hecho bien.

Cuando estoy a punto de mandar el cuento recibo un correo suyo diciendo que a mi hermana le sacaron esta semana dos lunares de la espalda y que le van a hacer una biopsia, porque pueden ser cancerígenos. Se me atraganta un poco el chocolate que me estoy tomando. Mando el cuento sin revisarlo mucho y camino de vuelta a casa pensando en mi hermana. Me da miedo que tenga cáncer. Que la historia se repita.

*
Hoy murió Leonard Cohen. Con el Nacho escuchamos sus discos por youtube porque los originales, como casi todos nuestros objetos favoritos, los dejamos en Chile.

Después de clases y paso por fuera de la Catedral de Santa María. Entro sin preguntármelo mucho. Suena un órgano, miro el techo altísimo y me entrego a un sentimiento religioso. Me imagino la cantidad de ritos que se han celebrado en ese lugar. Me imagino ángeles y demonios peleando en sus cúpulas. Me siento en una banca de madera y pido para que todo esté bien. Para que pueda mantenerme luminosa. Para que no se ahoque el amor.

Me propongo un himno interno. Mi hallelujah personal. Hasta que la melodía para, sólo se siente el murmullo de los fieles.

Salgo de mi fervor religioso casi instantáneamente. Y casi inmediatamente, salgo también de la Catedral, extrañada de mis arrebatos.

*

Vinieron Joseph y Rosa a comer. Estoy en el segundo día de mi ciclo. El más intenso en todo sentido. Pero tomo vino y trato de no ahogarme en mi emocionalidad. Pascual nos acompañó un rato, mientras escribía en su diario. Hablamos de muchas cosas. Sobre todo de Latinoamérica y autores latinoamericanos.  Los dos tienen una mirada y una obra muy interesante. Lo pasamos bien  Tenemos una visión de la vida y la literatura ¿Y es que acaso no es lo mismo?   

*

Mi vecino, que tiene una terraza llena de plantas, dedica sus mañanas de sábado a armar un puzle de muchas piezas, sobre una mesa que está al costado de la cocina. Sus hijos no lo interrumpen, y yo siento envidia de eso.  Para apoyar los bordes del puzle, lo que ya lleva hecho usa novelas de Zadie Zmith ¿Será porque le gusta o porque no le interesa? Puedo ver todos esos detalles sin la ayuda de ningún prismático. Pero no puedo ver de qué se trata el puzle. Especulo, por sus tonalidades, que se trata de un paisaje de montaña.

Trato de dormir un poco más y es imposible.  Tuve que atravesar un desierto de oscuridad interior para levantarme y salir con el Nacho y los niños. Comimos kebabs en el Raval y después caminamos hacia la Barceloneta mirando los yates y comiendo helados. Esta vez no me arrepentí del sabor que elegí; chocolate amargo con pimienta y dátiles con naranja y cardamomo. Mientras comía tuve una reflexión cursi pero certera: el matrimonio es elegir un sabor de helado y  disfrutarlo. No querer otro sabor. Saber que los otros son buenos. Muy buenos. Pero no están en tu cono, en tu vaso.

La luna en el mar brillaba de manera muy linda. Siempre me da una sensación de profunda tristeza y extrañamiento ver a los cruceros  flotando en el puerto.

*
Esta mañana llegó desde Suiza el padre de Pascual. Se puso contento y finalmente optó a irse con él en vez de acompañarnos al cumpleaños de Blanca. Con Nacho desayunamos con calma y después hicimos el amor en la ducha mientras Darío dormía la siesta. Siempre me maravilla lo placentero que puede llegar a ser tener sexo y me pregunto porque dejamos pasar días sin hacerlo.

Cuando ya estábamos casi listos Darío se puso mañoso y me di cuenta de que tenía hambre y sueño. Me saqué los zapatos, el abrigo y volví con él a la cama. Amamantar es una forma de autopreverme. Es un estado de mucha calma. Casi una meditación. Siento que me equilibria emocionalmente. A veces me da flojera empezar, pero cuando me tomo el tiempo y me entrego siempre es placentero.  A pesar de que me quita libertad no tengo ganas de destetarlo. Estoy convencida de que el destete temprano es otra trampa del capitalismo para reincorporar lo antes posible a las mujeres a su ritmo frenético y de paso enriquecer a las empresas que venden leche envasada.

Llegamos tarde al cumpleaños pero con un buen regalo, temperas, lápices, tizas, sellos y papeles de colores. Al verlos Blanca se puso feliz. Una vez que superé la vergüenza de haber llegado después de que soplaran las velas logré difrutar mucho el pic nic. Había sol y se escuchaba el canto de los pájaros. Cantos desconocidos para mí.

Desde el Montjuic podía verse Barcelona y pensé que finalmente el logro de Occidente es dominar, o intentar dominar la naturaleza, los instintos. Esta ciudad me tiene fascinada por su sofisticación, pero también me agota un poco en ese sentido. El Nacho se me acerca y le comparto mi reflexión. Se queda callado un rato y después me dice: no hay nada menos natural que la escritura. Yo pienso que la literatura que más me gusta es la que logra sintetizar la animalidad, la que viene del pensamiento salvaje.

Nos fuimos del pic-nic cuando ya casi se habían ido todos. Darío dormía plácido en su coche. Arriba brillaba la súper luna. Yo sigo menstruando. Al fin y al cabo estoy conectada con los ciclos naturales, aunque viva en medio de la ciudad.

Antes de dormir releo un poema de Cecilia Vicuña que me gusta mucho:

Voy al encuentro del milagro,
a nada más

Los sexos se iluminan 
con el fulgor del deseo

Me vuelvo fosforescente
y le enseño el camino a la luna

¿Ella causa la menstruación 
o los ovarios la hacen girar 
cada 28 días? 








*la foto de la Luna se llama "Kuyén", y la sacó mi súper amiga Roberta Rebori.